La trata de perros del Este de Europa
por Giovanni Morsiani
El Problema de la invasión de cachorros
para vender procedentes del Este de Europa
representa desgraciadamente una consolidada
realidad en muchos más países
occidentales. Este fenómeno, que tiene
como protagonistas negativos exclusivamente a
comerciantes sin escrúpulos, ha llegado
a ser desde hace algunos años una
verdadera revolución, habiéndose
extendido a todas las razas caninas
reconocidas. El San Bernardo es
desgraciadamente uno de los perros más
involucrados.
Así, verdaderas armadas de Pastores
Alemanes, Alanos, Doberman, Boxer, Terranova,
Perros Nórdicos, Perros de Aguas,
Yorkshire, Terrier, San Bernardo, etc. (por
sólo citar algunos), todos rigurosamente
hijos de famosos campeones húngaros, han
empezado a dar bellas muestras de ellos mismos
(perdonen el eufemismo) en los escaparates o en
las perreras de los comerciantes de animales de
nuestro país.
Por lo que respecta a los San Bernardo de
procedencia húngara o del Este de
Europa, debe replicarse de una vez por todas
que tienen un valor de cero desde el punto de
vista genético y
morfológico.
Generalmente, nacen entre pequeños
comerciantes de los países de origen o,
más raramente, entre aislados criadores
sin medios. Son arrancados de los cuidados de
sus madres a las pocas semanas de vida,
embalados como pastillas de jabón dentro
de cajas de cartón o de madera y
enviados como si fueran cualquier
mercancía a los revendedores quienes,
después de extraerlos de sus
contenedores, con gran espíritu
cinófilo, los exponen en sus
escaparates, exaltando quizá su
extraordinaria morfología. Naturalmente,
muchos de estos pobres animales, por su
jovencísima edad, o por la carencia o
ausencia de una correcta alimentación, o
por la absoluta falta de vacunas,
desparasitaciones y de las más
elementales reglas higiénicas y
sanitarias, sucumben antes de llegar a su
destino. Los viajes, a menudo
larguísimos, se llevan a cabo en la
más absoluta promiscuidad en camiones y
trenes de mercancías sin
calefacción en invierno y ardientes en
verano, con poco aire, en la oscuridad. Los
supervivientes llegan generalmente enfermos,
extenuados y totalmente destruidos desde el
punto de vista psíquico justamente en la
fase más difícil: la del
"imprinting" y de la
socialización.
Y justamente en este aspecto penoso y
necesitado de afecto juegan los comerciantes
más hábiles, explotando la
vulnerabilidad psicológica y la no
preparación y desinformación de
base que se confía a una tienda para la
adquisición de un perro . Un tierno
cachorro de pocos días que aúlla
encerrado dentro de una pequeña jaula en
un escaparate (quizá la vigilia de
Navidad, con el niño que lo espera en
casa como si fuera un peluche) tiene un efecto
quebradizo y decisivo desde el punto de vista
emotivo, mucho más que el pequeño
cachorro exhibido en una perrera dotada de todo
confort, con amplios recintos e higiene
adecuada. El impulso , a menudo irrefrenable,
de entrar en seguida en la tienda para comprar
aquel perro es de esta manera liberarlo y
liberar a la propia conciencia de una
situación poco agradable. Por ello,
entrar en la tienda y comprar aquel
sucedáneo de perro de raza significa
firmar la propia condena. De hecho, el perro se
mostrará en seguida enfermo, atemorizado
y necesitado de los cuidados médicos
más asiduos y costosos, consecuencia
directa de la falta de vacunación,
desparasitación, etc. La carente o
equivocada alimentación recibida hasta
aquel momento (quien comercializa con cualquier
tipo de perro por motivos prácticos y
económicos no piensa en variar la dienta
según la raza o al menos según
las dimensiones) hará que el perro,
sobre todo si es de gran talla como un San
Bernardo o un Alano, esté
raquítico y desnutrido, con deficiente
desarrollo no sólo del esqueleto, sino
también de la musculatura. En otras
palabras, estos perros son casi siempre un
desastre no sólo desde el punto de vista
morfológico (consecuencia lógica
de la falta más total de
selección en el origen) sino
también desde el punto de vista
sanitario, lo cual es inadmisible.
Por otro lado, si no se puede pretender que un
comerciante o un negociante de animales vendan
perros de campeonato en cuanto a su belleza
(aunque a menudo los precios lo
presupondrían), al menos se
debería exigir que fueran indiscutibles
desde el punto de vista sanitario.
Desgraciadamente, la mayoría de veces
esto no sucede, con consecuencias
gravísimas no sólo para el
desdichado perro, que empezará a ir y
venir de veterinario en veterinario, sino
también y sobre todo para los
demás animales, expuestos
inútilmente a un posible contagio de
enfermedades a menudo poco conocidas.
También corren graves riesgos de
contagio (formas eccematosas, dermatitis y
alergias de diverso tipo) los niños que
tienen continuos contactos con los
cachorros.
El tema de la moralidad no debe olvidarse de
ninguna forma. Los perro húngaros,
checos, eslovacos, etc., son comprados en los
países de origen como verdaderas
mercancías por nuestros comerciantes por
unos 60 euros cada uno, sumas muy exiguas si se
comparan con nuestro nivel de vida y nuestra
economía, pero que en aquellos
países representan el salario de un mes
de un funcionario o de un obrero. Me
decía un amigo húngaro, el
único criador de aquel país de
San Bernardo DOC, que Hungría es desde
hace algún tiempo uno de los productores
más grandes de peros de Europa y que
existen verdaderas fábricas en donde los
perros están como pollos en criaderos, a
la espera de que los comerciantes vayan a
llenar el depósito. Estos perros se
vuelven a vender después a un precio que
normalmente varía de cuatro a ocho veces
del original. Lo que significa que, por
ejemplo, un perro que en Hungría ha
costado 60 euros, en España puede costar
entre 700 y 900 euros. Por lo demás,
para verificarlo, basta dirigirse a la tienda
de animales más cercana y pedir un perro
de cualquier raza. Casualmente casi siempre
habrá un perro de estos,
provendrá de famosos criaderos
húngaros, checos o eslovacos,
será hijo de campeones de estos
países y, naturalmente, tendrá un
pedigrí en regla. Y así, el
comprador desinformado e ignorante, ya
enternecido por el aspecto indefenso y
necesitado de ayuda del cachorro, trastornado
por las palabras del comerciante que se decanta
por las fantásticas virtudes, leyendo el
nombre más o menos exótico del
perro, pondrá su mano en la cartera sin
dudarlo un minuto más.
Asimismo cabe añadir que Hungría
es un país adherido a la FCI y por ello
los pedigríes emitidos por el Kennel
Club húngaro deben ser reconocidos en la
oficina, sin ningún examen
morfológico del ejemplar, así
como en otros países de la misma FCI. De
esta forma, nuestros comerciantes llegan a
poseer certificados de origen aparentemente
regulares y sobre los cuales los organismos
competentes no pueden ejercer ningún
tipo de control. Nadie puede decir si
efectivamente a aquel perro le corresponde
aquel pedigrí. Es necesario aceptarlo
por lo que es, también porque los perros
provenientes de los países del Este no
son tatuados. Por lo demás,
también el mismo examen del
pedigrí generalmente no es clarificador
porque en él hay nombres de peros
totalmente desconocidos cuyo origen no es
verificable. Sin embargo casi siempre es
suficiente ver en persona o hacer valorar por
un verdadero experto el perro al que
corresponde el certificado para entender lo que
se tiene entre manos. De todas formas, el
comerciante con el pedigrí
húngaro, checo, eslovaco o polaco ha
resuelto su problema: tener un trozo de papel
oficial que nadie puede impugnarle y que ya no
hace necesario, como sucedía hace
años, recurrir a expedientes o trucos
más o menos lícitos con el fin de
obtener un certificado que pudiera demostrar la
nobleza de perros que de aristocrático
tenían bien poco. Lo más
increíble es que mientras los perros
nacidos y criados en España son
controlados regularmente por grupos
cinófilos de la RSCFRCE, nadie controla
a los perros importados por los comerciantes y
son vendidos a continuación como si
fueran patatas en vergonzosas exhibiciones
comerciales.
De esta manera, tantos mestizos camuflados de
perros de raza seleccionados son introducidos
en nuestro país. Además de esto,
con la frase "perro dotado de pedigrí
internacional" (es decir, húngaro, checo
o eslovaco) el astuto comerciante los hace
más apetecibles a los desconocidos en
cinofilia de nuestro país. De hecho,
según estos profanos a ultranza, los
perros dotados de un pedigrí nacional
son ciertamente menos apreciados que los que
adjuntan su excelente certificado
húngaro, polaco, checo o eslovaco (y por
ello, internacional). Por lo demás,
basta abrir cualquier periódico de
anuncios económicos y hojear las
rúbricas de anuncios de pago de los
periódicos cinófilos
especializados para encontrar numerosas
inserciones de comerciantes que venden perros
de todas las razas importados y dotados de
"pedigrí internacional". Estos pobres
perros (que al final son los únicos que
pagan las consecuencias de la vergonzosa
especulación hecha en su propia piel)
para algunos se convierten
automáticamente en más bellos
sólo por el hecho de que provienen de
Hungría y porque tienen nombres casi
indescifrables que llenan la boca.
También cabe añadir que hay
personas que, cuando toman la decisión
de comprar un perro de una determinada raza, lo
quieren en seguida, a toda costa, aunque
quizá no dispongan de la cifra
suficiente para encontrar uno con los
mínimos requisitos de raza. En este caso
interviene el comerciante, que siempre dispone
de perros de todos los precios aunque en el
ámbito (se dice siempre) de una misma
raza. Es algo como hablar de coches nuevos y
usados: hay quien cree que puede comprar un
Ferrari al precio de un Panda. Si por
casualidad lo encuentra a ese precio
sólo hay una posibilidad: aquel coche no
es un Ferrari, sino un coche camuflado de
Ferrari, quizá sin motor ni
documentación... Sin embargo, ¡
hay quien también se contenta con
ilusiones !
El problema puede llegar a ser insuperable
cuando estos perros, llamémosles
"ilusorios", cogen el muermo, la leptospirosis,
el parvovirus, etc., porque nadie, antes de
venderlos se ha tomado la molestia de
vacunarlos (descuido imperdonable que, por poco
dinero, pone en peligro la vida del perro y
traumatiza al ignorante e incauto comprador).
Parece imposible, pero todavía hay
personas que consideran que la vida de un perro
cuesta menos de 6 euros (coste medio de una
vacuna).
Otro gravísimo problema unido al
inundante tráfico de perros desde el
Este europeo es el de la absoluta incapacidad
de muchas personas de entender que un perro
adquirido en un negocio no puede compararse
cualitativamente de ninguna manera con un perro
nacido en un criadero especializado en una sola
raza. Desgraciadamente, aún son muchos
los que consideran que los perros de raza son
todos iguales, sin pensar que la
selección llevada a cabo, a veces
durante décadas, por a menudo pocos pero
competentes criadores por afición, ha
salvado a muchas razas caninas de la
extinción o de la
degeneración.
El trabajo de los criadores especializados es
fundamentalmente el de difundir y dar a conocer
la mejor imagen posible de su raza en el mundo.
En este sentido, sus esfuerzos se enfocan en
una selección morfogenética
constante en el tiempo, que tiene en cuenta la
evolución natural de las razas, en el
respeto de las leyes de la genética, de
la cinología y de la zootecnia, todo
ello fundido armoniosamente con aquella dosis
de creatividad artística que todo
seleccionador de perros debería tener.
Esto significa que el criador serio y
competente es antes que nada un estudioso de su
raza. Debe conocer a la perfección las
líneas de sangre y la evolución o
decadencia que han sufrido en el tiempo,
después los troncos privilegiados y los
prototipos que han constituido la historia de
la raza. Por ello debe saber seleccionar a los
propios ejemplares con método
científico, utilizando las mejores
técnicas de cría que obviamente
varían muchísimo de raza a raza.
Naturalmente, todo ello comporta una
sólida preparación sobre bases
científicas y técnicas,
además de disponibilidad
económica que le consientan trabajar en
la cría a menudo sin tener en cuenta los
gastos y a vasta escala.
Así pues, el producto del criador
especializado representa lo mejor y aporta a
toda raza la mejor imagen posible.
Desgraciadamente, el comerciante, explotando el
éxito y la popularidad adquirida de las
varias razas por el mérito de los
criadores aficionados, con sus pseudoperros de
raza o aún peor, sus pesudocampeones,
puede crear una idea equivocada de la raza en
el gran público y en los
cinófilos incompetentes.
Fuente: Libro "El San Bernardo" de Giovanni Morsiani.
Ed. De Vecchi. 1993